Cura del hortelano

Augusto Álvarez Rodrich


Un gobierno que actúa como guachimán de petrolera


No conozco la actuación en la selva del sacerdote británico Paul McAuley, a quien el gobierno ha decidido expulsar del país, pero –por lo que he leído en el último par de días– tengo la sensación de que estamos ante una prepotencia que produce vergüenza.


Es necesario crear condiciones para la indispensable inversión privada en la selva, pero el gobierno se equivoca si piensa lograrlo mediante la decapitación de los que asumen la representación de las comunidades involucradas en un contexto en que el 51% de los 255 conflictos sociales registrados por la Defensoría tiene origen socioambiental.


La resolución del Ministerio del Interior indica que el cura británico intervino en actividades distintas de su condición de residente religioso, aludiendo a su participación en marchas de protesta de los nativos contra políticas del gobierno.


McAuley ha negado que sea un promotor de la violencia y dice que solo lo anima la idea de “asegurar un manejo justo de la selva”, pero el premier Javier Velásquez Quesquén señala tener “información de que el sacerdote estaba soliviantando a la gente haciendo política”, y agrega que “nuestro país se reserva el derecho de respetar el sistema democrático”.


Para representar a un gobierno con las manos bien manchadas en el respeto a las libertades democráticas en la selva –el cierre de radio La Voz de Bagua es un baldón imborrable de la arbitrariedad a la que puede llegar–, el premier debiera ser un poco más generoso en el ofrecimiento de pruebas sobre McAuley para no dejar la imagen de ser –él y el presidente Alan García– guachimanes de petroleras, y de que hoy en el Perú, si te metes con una de ellas, te meten preso o botan del país.


Cuando ya se anuncian más expulsiones de curas extranjeros en Jaén, Chulucanas, Yurimaguas y Barranquita, el gobierno debiera revalorar la posibilidad de contar con un diálogo más fluido con representaciones más ordenadas del reclamo.


A su vez, la acusación de “hacer política” es sorprendente porque, de qué otra manera se pueden canalizar los reclamos de las comunidades selváticas.

Asimismo, porque el cardenal Juan Luis Cipriani es un ejemplo de cura convertido en activista político de sus propias causas y defensas terrenales, para lo cual ha transformado el púlpito de la iglesia en tribuna de mitin político.


Sospecho que Jesucristo pensó en seguidores más parecidos al padre Antonio de Rubén Blades, que no funcionaban entre papeles y sueños de aire acondicionado, y que se fueron a un pueblito en medio de la nada a dar su sermón cada semana pa’ los que busquen la salvación, que en cardenales como a los que el presidente García les besa el anillo en recepciones de Nunciatura.

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