Religión y Liberación: el caso de Mario Bartolini

Wilfredo Ardito Vega *

Adital – Parece una curiosa paradoja que el gobierno promulgue una ley declarando al Señor de los Milagros patrono de la espiritualidad católica del Perú y, al mismo tiempo, someta a una verdadera persecución legal a religiosos católicos como el Hermano Paul McAuley o el Padre Mario Bartolini, quienes, en cambio, reciben el apoyo de peruanos ateos o anticlericales.

Para comprender este panorama, es importante analizar que existen diferentes formas de percibir la religión. La primera, la más tradicional, considera que la religión es la reverencia a un poderoso ser sobrenatural. Esa era la religión grecorromana, donde los dioses no favorecían a la persona más buena o más honesta, sino a quien les hacía ofrendas más valiosas. De hecho, los propios dioses no eran modelos de vida: eran egoístas y orgullosos y algunos inclusive parricidas, asesinos o violadores.

 

Todavía en el Perú existen personas que rinden culto a Dios, la Virgen o los santos mediante manifestaciones externas solamente con la intención de obtener algún beneficio concreto.
El poderoso Dios al que se invoca puede ser también ser cruel e injusto. Esto lo pensé cuando en el último terremoto, algunas personas gritaban: «¡Misericordia, Señor! ¡Aplaca tu ira!». También lo he pensado cuando, ante una situación injusta, se escucha la frase: «Hay que aceptar la voluntad de Dios».
Tradicionalmente, esta manera de entender la religión se desarrollaba y manipulaba en sociedades estamentales, pues permitía generar resignación en los pobres. De esta manera, tenemos sociedades, donde tenían mucho peso los rituales religiosos, pero se vivían valores totalmente anticristianos, como la Edad Media europea o el Perú colonial.
Afortunadamente, en la actualidad, muchos peruanos que pertenecen a la Iglesia Católica o la Iglesia Evangélica, le dan mucho más peso a la coherencia en la vida personal y, dentro de ambas iglesias, existe un sector que considera que lo esencial para ser buen cristiano es promover una sociedad más justa y más humana. Para esta forma de pensar, la pobreza, entonces, ya no es «voluntad de Dios», sino contraria a Dios. La «voluntad de Dios» es luchar contra la pobreza.
Esta concepción de la religión es sumamente cuestionante de las estructuras sociales. La concentración de la riqueza, el analfabetismo, la desnutrición infantil o la contaminación ambiental son percibidas como incompatibles con el Cristianismo. De esta forma, el funcionario corrupto que financia una fiesta patronal será considerado un pésimo cristiano, como también el empresario que gasta miles de soles en construir una iglesia, pero explota a su trabajadores.
Los cristianos que siguen esta línea pueden ser muy criticados por sus hermanos de fe: «divisionista, conflictivo, proselitista político», llamaba un antiguo alcalde de Barranquita, vinculado al Grupo Romero, al Padre Mario Bartolini. Desde que, en 1968, los Obispos denunciaron en la Conferencia de Medellín la injusticia estructural en América Latina, la mayor paradoja es que en el continente que se consideraba más católico una larga lista de sacerdotes, religiosas y laicos comprometidos han sido asesinados por «agitar a la población» y «mezclar la religión con la política».
El caso peruano es muy particular, porque los victimarios fueron los senderistas: para ellos era muy difícil captar adeptos en aquellas zonas donde la Iglesia predicaba el cambio de estructuras sociales sin el uso de la violencia. «Pensábamos que las balas iban a venir de otro lado», me decía una religiosa española, comentando los asesinatos de sacerdotes cometidos en Ancash.
A ella y a Mario Bartolini los conocí a inicios de los años noventa, cuando el MRTA y SL comenzaban sus violentas incursiones en la selva en los encuentros que cada año se realizaban para analizar lo que venía sucediendo. Recuerdo que era necesario trabajar con psicólogos, para saber cómo manejar el miedo y el duelo. En esos encuentros conocí a Mariano Gagnon, quien logró salvar a decenas de asháninkas de los senderistas. Muchos, como Bartolini, eran amenazados para retirarse, pero se quedaron por fidelidad a su compromiso. Sólo pensaban en marcharse si su presencia constituía un riesgo para la vida de otras personas.
Sin embargo, después que terminó el conflicto armado, aparecieron otros problemas: el Grupo Romero tiene interés en instalar plantaciones de palma aceitera en la zona de Barranquita, donde trabaja Bartolini. El problema es que pretende que le adjudiquen tierras habitadas desde hace décadas por campesinos pobres, cuyos derechos han sido defendidos por Bartolini con mucha valentía.
La denuncia por rebelión contra él, el dirigente indígena Vladimiro Tapayuri y Geovanni Acate, director de Radio Oriente, la emisora del Vicariato de Yurimaguas, demuestra una confluencia de poderosos intereses económicos y políticos.
En los últimos días, miles de personas en todo el mundo se han pronunciado en solidaridad con ellos. El Presidente de la República, en cambio, ha guardado silencio. Al parecer, su devoción por el Señor de los Milagros no lo motiva a respaldar a quienes buscan la justicia
* Abogado. Master en Derecho Internacional de los DH. Catedrático universitario. Miembro de la Mesa para la No Discriminación de la Coordinadora Nacional de DH. Resp. de Derechos Sociales, Económicos y Culturales de APRODEH

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