Lo mejor, lo peor, lo de siempre

Lo mejor del año fue la resistencia de Cajamarca. Lo peor fue el golpe de Estado blanco gracias al cual los perdedores de las elecciones volvieron a ganarlas, demostrando que el Perú no es sólo un país que padece del más gracioso narcisismo sino también un disco rayado, una obstinación de la quietud, un homenaje a sus tradiciones.

Ollanta Humala llegó al poder montado en una ola de cólera provincial y ciudadana. Ahora se olvidó dé la cólera y monta el alazán que Pardo sometía con gracia, que Leguía veía correr en Santa Beatriz. Ese caballo único y eterno de nuestra historia circular tiene orejeras y una sola dirección: a la derecha y al galope, Gran Chaparral, Bonanza pura.

Al señor Humala debería producirle reflejos nauseosos el hecho de que Alan García, ese Caco, lo esté elogiando de un modo tan arrebatado. Pero el señor Humala se está acostumbrando a todo y la proximidad afectiva de García no lo espanta. Es que una cosa es con guitarra y otra es con cojón. Y mister Humala ha preferido la guitarra y cantará a dúo con García (ya verán) algún valse de Los embajadores criollos. Que para eso están los arreglos y de eso se trata la política que se aprende en Palacio: arte de ciénagas, trasvase de sanguaza, cáncer y sida a la vez.

Y como la política peruana es esa rata protagónica, entonces vendrá el indulto y tendremos a dos Cacos, dados al homicidio en sus ratos libres, a García y Fujimori, plenamente regresados y vigentes. ¿Para qué fuimos república? ¿Por qué la hipocresía? ¿Por qué no llamarnos lo que somos? ¿O es que no somos, acaso, un califato, un chiste malo de velorio, la Disneylandia de las apariencias? Porque si la democracia consiste en que te roben el voto y en que el que prometió cambios aparezca como el garante de la conservación, entonces me declaro no-demócrata estepario, i Váyanse al carajo con su carpa!

Y viene el Caco mayor, el García, y nos da lecciones de optimismo. Claro, es un hombre feliz: ha robado como pocos, ha matado como muchos, ha podrido capítulos enteros de la historia reciente, y ahora se ha asegurado una nueva impunidad. Disfrazado de viejo magistral, habla de «la continuidad» que ahora Humala representa. Y el presidente de la República no se aparta ni se tapa la nariz. Agradece con su silencio. Pisa el charco. Se suma a la legión de salpicados.

Hace lo mismo que hizo su bancada cuando, esta semana que pasó, se adhirió a la ley propuesta por Javier Bedoya de Vivanco, el hermanito de Luis Bedoya de Vivanco, aquel que recibió 25.000 dólares de Vladimiro Montesinos. Javiercito es el hermano brutón del esfumado Luisito y ambos son vástagos de don Luis Bedoya Reyes, el hombre que fundó un partido en una suite del Hotel Crillon y con plata de Luis Banchero Rossi, el pesquero asesinado. Para que el círculo termine de cerrarse, recordemos que Húmala condecoró y elogió hace poco a don Luis Bedoya Reyes, que, aparte de ser el padre profético de Luis y Javier, fue abogado de Cementos Lima y de cien empresas más que lo bancaron durante todos estos años (porque el sueño de la derecha más rapaz fue que Bedoya, que leía estrictamente «Condorito», gobernase el Perú subido a un Caterpillar).

La llamada «ley mordaza» és un auténtico peligro. Más allá del uso que hayan podido darle algunos periodistas miserables al chuponeo, lo cierto es que entregarle a un juez churrupaco o a un fiscal venal la calificación de qué cosa es de interés público es un paso de gigante hacia la censura.

¿Se imaginan a Blanca Nélida Colán o a Miguel Aljovín dictaminando sobre esa materia? ¿O al mismo y actualísimo doctor José Peláez Bardales calificando su propio audio, ese en el que hablaba con Mario Vélez, socio de Alberto Químper, sobre cómo favorecer a Julio Vera Abad? Que la prensa grande no haya hecho escándalo sobre esta materia dice mucho sobre la situación actual. Parte de esa prensa está tan sucia, tan hundida en diversos intereses que nada tienen que ver con la libertad de expresión, que no extraña que apenas proteste por la ley aprobada en el Congreso de Abugattás. Total, pensarán los capitanes de algunos periódicos y televisiones, quizá con esta ley me libre de que algún enemigo saque los audios que nos registraron recibiendo órdenes, intercambiando beneficios, pidiendo favores, canjeando mudeces.

La llamada «ley mordaza» es un auténtico peligro. Más allá del uso que hayan podido darle algunos periodistas miserables al chuponeo, lo cierto es que entregarle a un juez churrupaco o a un fiscal venal la calificación de qué cosa es de interés público es un paso de gigante hacia la censura.

¿Se imaginan a Blanca Nélida Colán o a Miguel Aljovín dictaminando sobre esa materia? ¿O al mismo y actualísimo doctor José Peláez Bardales calificando su propio audio, ese en el que hablaba con Mario Vélez, socio de Alberto Químper, sobre cómo favorecer a Julio Vera Abad? Que la prensa grande no haya hecho escándalo sobre esta materia dice mucho sobre la situación actual. Parte de esa prensa está tan sucia, tan hundida en diversos intereses que nada tienen que ver con la libertad de expresión, que no extraña que apenas proteste por la ley aprobada en el Congreso de Abugattás. Total, pensarán los capitanes de algunos periódicos y televisiones, quizá con esta ley me libre de que algún enemigo saque los audios que nos registraron recibiendo órdenes, intercambiando beneficios, pidiendo favores, canjeando mudeces.

¿Se imaginan qué llamadas debe haber por allí entre los directivos de El Comercio y las gerencias de Canal 4, ahora que han terminado de botar a Laura Puertas para hacer de Cuarto Poder el magazine soñado, el entretenimiento capón, el cojudeo?, ¡La caja boba terminó en caja chica!

Alan García desacreditó la elocuencia y ahora difama al optimismo. Ollanta Humala debería nombrarlo su asesor.

Por eso este modesto servidor ha pedido, como regalo de las navidades en las que no cree, un Perú de lego y cartón piedra donde los presidentes no hagan de mandaderos y los mineros no hagan de ministros y las promesas no sean basura y del cielo no llueva pichi que se crea maná. Que Papá Noel se apiade y me lo mande, por favor.

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